El virus del odio se propaga

15/Sep/2014

El Nuevo Herald, Daniel Shoer Roth

El virus del odio se propaga

Bajo el domo bizantino de
este bastión de la tolerancia en medio de la vorágine mundana del vecindario,
la expresión de las raíces religiosas ha acariciado, con gracia, las almas de
varias generaciones de judíos provenientes de diversas culturas y países que
encuentran en las Escrituras Sagradas un sentido de comunión y perpetuidad.
El majestuoso Templo
Emanu-el –cuyo nombre, en hebreo, significa “Dios está con nosotros”– es más
que un lugar de oración para el pueblo de Israel en South Beach, pues la
colonia judía emblemática del área perdió la batalla contra las manecillas del
reloj y los cambios demográficos. Es también un santuario que tiende puentes en
el diálogo interreligioso y provee un hálito de paz a los turistas dolidos por
el bronceado.
Rodeado por vitrales,
arcos moriscos y símbolos de las Doce Tribus, en su interior, su santidad el
Dalai Lama del Tíbet ha subrayado, con sabiduría, simpleza y sentido del humor,
el mensaje de compasión y perdón que unifica a los credos. Pasajes del discurso
del hoy Santo Juan Pablo II durante su histórica visita a la Gran Sinagoga de
Roma en 1986 –la primera de un Sumo Pontífice a un templo judío– han sido
invocados en una ceremonia presidida por clérigos del cristianismo, islam y
judaísmo. Fue entonces que “el Papa viajero” llamó a los judíos “nuestros
hermanos mayores”, poco después de la lectura del versículo de Génesis en el
que Dios promete a Abraham una descendencia abundante como las estrellas del
cielo.
Indudablemente, esta
historia es desconocida por el ignorante sujeto que dibujó el martes una
esvástica y las iniciales KKK de los supremacistas blancos en un letrero de la
fachada de esta sinagoga de La Playa. Es la quinta vez que las agencias del
orden registran un acto antisemita público en Miami durante los meses de verano.
Congregaciones han amanecido con el recordatorio, en sus paredes, de que la
estrella amarilla, ícono de la masacre nazi, continúa ardiendo en el abismo de
la xenofobia local.
Una semana atrás, un
vándalo dibujó estas enseñas sobre la pared de un supermercado Publix en
Surfside, barrio con alta densidad de practicantes de la fe judaica, mientras
que una sinagoga en West Miami fue profanada con las palabras “Irak” y “Hamas”,
la célula terrorista. A esto se añade el homicidio de un rabino ortodoxo que se
dirigía a cumplir la oración matinal de Sabbat, rica en Salmos y cánticos de
alabanzas, en un templo de North Miami Beach. El asesinato está bajo
investigación policial y no se ha podido clasificar como crimen de odio. Sin
embargo, en el seno de la comunidad judía, de sensibilidad innata por las
lecciones aflictivas de la persecución milenaria, existen sospechas de que sí
haya sido un incidente de carácter antisemita, pues acaeció después de la
profanación de otra sinagoga en dicho municipio.
Estos hechos no son
aislados; encajan en el contexto de una virulenta ola antisemita en el mundo,
especialmente en la Europa que facilitó la exterminación de seis millones de
judíos, a raíz de la reciente guerra entre Israel y Gaza. La gente escupe
venenosas consignas contra el Pueblo del Libro, enalteciendo la “solución
final” de Hitler, pero, contradictoriamente, solo mira de soslayo la masacre de
200,000 personas en tres años de guerra civil en Siria.
En Miami, los ataques
vandálicos descritos no solo perjudican a una minoría de la población sino a la
comunidad entera, sin diferencias de religión, raza, etnia o nacionalidad.
Ningún grupo es inmune al fanatismo que se empeña en humillar y despreciar
razas, etnias, religiones y orientaciones sexuales. En este paraíso para los
refugiados, en el cual no es ajeno el racismo ni los sentimientos
antiinmigrantes, todos pueden llegar a ser víctimas. Recuerden aquellos tiempos
en los que los judíos eran confinados a residir al sur de la calle 5 de Miami
Beach, los afroamericanos eran segregados a una sola playa y en los albores del
exilio cubano, una popular etiqueta engomada en la parte posterior de muchos
vehículos decía: “El último estadounidense que deje Miami, pudiera, por favor,
traer la bandera consigo”.
Recientemente en el
gobierno de Miami-Dade ha habido tensiones raciales entre líderes de las
comunidades étnicas, que constituyen la mayoría de la población. Se han limado
un poco esas asperezas, sin embargo, demuestran que la enemistad sigue latente.
La paz que muchos hemos
encontrado en este crisol de culturas e identidades emana, precisamente, de la
tolerancia mutua, un ambiente de respeto colectivo que ha servido de imán para
que miles de inmigrantes llamemos esta ciudad “hogar”. Por eso se necesita
mayor seguridad en los centros comunitarios y de oración de la colonia hebrea,
mano dura con los despiadados que cometen actos antisemitas y campañas de
educación y esclarecimiento, especialmente en las escuelas, para que los
residentes conozcan hechos como la grandeza ecuménica del Templo Emanu-el.
Aprendemos del pasado que
el antisemitismo a menudo sirve como termómetro moral del grado de tolerancia,
la libertad y la observancia de los derechos humanos en un país o en una
comunidad. Los judíos son los primeros en la fila del paredón y pronto son
otras minorías las que ven cara a cara a sus verdugos apuntándoles.
El pastor luterano Martin
Niemöller, un prominente activista antinazi, dejó como legado un brillante
poema que esclarece por qué es contraproducente la indiferencia (las
traducciones al castellano varían):
Cuando los nazis vinieron
a llevarse a los comunistas / guardé silencio / porque yo no era comunista. //
Cuando encarcelaron a los
socialdemócratas / guardé silencio / porque yo no era socialdemócrata. //
Cuando vinieron a buscar
a los sindicalistas / no protesté / porque yo no era sindicalista. //
Cuando vinieron a
llevarse a los judíos / no protesté / porque yo no era judío. //
Cuando vinieron a
buscarme / no había nadie más que pudiera protestar.